ME podréis decir, Surrey, ¿qué resplandor es ese que se levanta sobre Sowttwark? ¿Han enloquecido los ingleses, ó adivinado nuestra llegada alumbrándola con el incendio?
Quien hacía esta pregunta á lord John Surrey, conde de Surrey, era el mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un mástil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razón á lo lento de su marcha.
Cuatro horas habían trascurrido desde entonces, y al fin la galera llegaba al muelle de London-Bridge.
En la cámara de la galera había cuatro personas. La que había interrogado á Surrey, era un hombre de cuarenta y dos años, de aspecto severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas. Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto á él había otro personaje, pálido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el conde de Exes; y últimamente, un segundón de la casa Nortumberland, joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ángulo de la cámara.
Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en el pecho.
—¡ Por San Jorge! milores, dijo el hombre que había interrogado á Surrey, hemos llegado, y haríamos bien en ponernos los arneses. Paréceme que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.
Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la cámara, y la ciñeron al que había hecho aquella prudente observación. Después se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro hasta los ojos, el primero tomó un pendón rojo, se dirigió á la puerta y dijo:
—Ola, maese Sult; haced que la galera aferre á la orilla, que se eche un puente, y que desembarquen nuestros caballos.
Esta orden fué obedecida al momento, y poco tiempo después los cuatro jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla flanqueado por dos torreones.
—Un ¿quién va? lanzado desde las almenas, fué contestado por la robusta voz de uno de los cuatro.