—¡Inglaterra! gritó.

Hundióse el ballestero tras las almenas, y poco después cayó rechinando el rastrillo sobre el foso. Un capitán seguido de cuatro ballesteros se adelantó á reconocer á los que llegaban.

—¿Quiénes sois? les preguntó.

—Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitán adelantó y el hombre atlético volviendo la grupa de su caballo á los archeros, se levantó la visera y dejó ver su rostro al capitán. Este se descubrió apresuradamente.

—Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, añadió aquel hombre calando de nuevo su visera.

El capitán obedeció. Los cuatro jinetes, precedidos del capitán, pasaron el rastrillo, que volvió á caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban á su colmo.

—¿Por qué gritan de esa manera, capitán? ¿qué hacen los archeros que no dispersan á esa insolente multitud?

—No tenemos orden, señor.