—¡Viva el rey Ricardo!
—¡Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguían al hombre atlético, que hería á diestro y siniestro, haciendo silvar en torno suyo una pesada hacha de armas.
La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su yelmo se veía una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un blasón con un león rapante en campo de oro.
—¿Quién se atreve á llevar en Londres arnés y pendón real? gritó un jayán fornido, encarándose al de la armadura dorada.
El preguntado se levantó la visera, y dejó ver á la luz de los hachones que le rodeaban su severo semblante.
El jayán cayó de rodillas.
—Salud, señor, dijo, y luego levantándose gritó arrojando su gorro al aire: ¡Viva el rey! ¡el rey ha vuelto! ¡el rey está en Londres!
—Ese no es el rey, gritó una vieja. Ricardo Corazón-de-León no volvería de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. ¡Viva el rey Juan!
—Adelante, milores, adelante, gritó el de las armas doradas; yo enseñaré á esos traidores á que conozcan á su rey.
Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se había agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un centenar de hachas.