—Es el rey, gritó el jayán deteniendo, á pique de ser atropellado, el caballo de Ricardo Corazón-de-León (que él era en fin); es el rey. ¿No hay quien lo reconozca entre tantos?
—Sí, sí, gritaron un millar de voces: ¡Viva el rey!
Corazón-de-León se levantó sobre los estribos y extendió su brazo armado en un imperioso ademán de silencio; la multitud calló como por ensalmo, distraída de su objeto anterior por otro nuevo.
—¿Qué hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? gritó Corazón-de-León en una voz que se dejó oir de todos; ¿por qué incendian mi corte y asaltan mi castillo?
—¡Pan, señor, pan! gritó el pueblo en coro.
—¡Abajo los tributos!
—¡La cabeza del Obispo!
El tumulto volvía; algunas voces sin eco gritaron:
—¡Viva el rey Juan!
—Corazón-de-León perdió la paciencia.