—¿Quedan muchos presos?
—Este solo, señor, contestó el llavero abriendo otro calabozo.
El rey entró: un hombre anciano dormía tranquilamente sobre un montón de paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en el pavimento, despertó y se incorporó.
—¿Qué es esto? dijo; ¿han entrado los rebeldes en la Torre?
—¿Cómo os nombráis? preguntó el rey.
El preso se puso en pie.
—Stek, contestó.
—¿Por qué estáis preso?
—Porque el Obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury. Así Dios me salve, monseñor se engañaba; yo había lavado la compuerta después de la ejecución.
—¿Luego sois verdugo?