El llavero obedeció, deteniéndose á la puerta de un nuevo calabozo.

—Y estos presos, ¿quiénes son? dijo el rey viendo dos sombras en un ángulo.

—Un abogado llamado Adam Wast, señor, y un tabernero de Sowttwark llamado Robín.

—¡Ola! los causadores del alboroto. ¿No tenéis nada que pedir? les dijo el rey.

Adam Wast no contestó; Robín se arrojó á los pies de Corazón-de-León, y exclamó:

—¡Perdón, señor! y revelaré á vuestra gracia secretos que tal vez le aseguren en el trono.

—¿Y qué me revelarán esos secretos?

—Traiciones, señor.

—Salid.

Robín salió, y á una seña del rey fué cercado por los archeros; el calabozo volvió á cerrarse, y Adam Wast lanzó un rujido el ángulo en que se había replegado.