Smitt obedeció.

—Capitán Guido, añadió el rey; nos os declaramos libre y os hacemos nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaréis aquí hasta que os juzgue mi Consejo.

—Señor, perdón; gritó Smitt arrastrándose á los pies del rey.

—Cerrad, dijo Ricardo al llavero.

La puerta se cerró; el rey adelantó cual si no oyese los gritos desesperados de Smitt.

Tras este calabozo, penetró el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos tuvo lugar una escena semejante á la anterior. Slow, Kewin, Sunders y Remi, entregaron sus espadas á otros tantos capitanes adictos al rey, que habían sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron encerrados en su lugar.

El llavero siguió adelante, y abrió la puerta de una inmensa mazmorra.

—¿Quién está aquí? preguntó el rey.

—Monederos falsos, señor, contestó el llavero; sacrílegos é incendiarios.

—Cierra, y adelante.