—No lo sé, señor; la oscuridad y la desesperación no tienen horas, días, ni años. Sólo recuerdo que fuí preso dos meses después de la partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.

—¿Quién os mandó prender?

—El Obispo de Eli, señor.

—¿Os juzgaron?

—No, señor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a reconocer por vuestro sucesor al príncipe Artus de Bretaña.

—¿Y a quién entregásteis vuestros hombres de armas?

—Al capitán Smitt, señor.

—¿Smitt? exclamó el rey volviéndose a la puerta.

Smitt adelantó pálido como un cadáver.

Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitán Guido de Richemont.