El llavero rompió la marcha, llevando una antorcha, seguía el rey, siempre con su hacha de armas, junto a él a alguna distancia a la izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompañamiento los cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.

Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados donde están los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de ellos, y abrió; el rey penetró solo.

Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levantó un hombre, pálido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.

—¿Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.

—¿Cómo os llamáis? preguntó el rey.

El interrogado no contestó: estremecióse, púsose una mano delante de los ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y fijó su vista en el rey; un momento después cayó de rodillas.

—¿Es vuestra gracia, señor, dijo, quien baja a mi sepultura, ó es vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido los traidores?

—¿Cómo os nombráis? insistió el rey.

—Guido de Richemont, contestó el preso.

—¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?