Todos se habían detenido á la puerta de la estancia real, escepto Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de Glow.
El rey se dejó caer sobre el sillón, y puso sus dos manos sobre la empolvada mesa, como tomando posesión de su cámara; Nortumberland permaneció de pie.
—Y bien; he aquí que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la ayuda de Dios, como ahora somos dueños de la Torre, dentro de una hora lo seremos de Londres y mañana de Inglaterra. ¡Ira de Dios! bien aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano se disputan ya mi corona. ¡Por San Dustan, amigos míos! sed menos impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.
Luego añadió tras una corta pausa:
—Que entren esos buenos servidores.
—Ola, capitanes, gritó Nortumberland, su gracia os llama.
Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.
—Levantáos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceño natural.
—¡Señor! murmuró Guido.
—Sí, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estábais privados del aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo más profundo de un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y bien, ¿que gracia pedís al rey?