—Serviros y defenderos, señor, dijeron á una voz los cinco.
—¿Y no tenéis nada que pedir contra vuestros enemigos?
—Nada, señor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.
El rey hizo un ademán con la mano, que podía interpretarse por la frase: Ya nos veremos.
—Pero observo continuó el rey, que estáis económicamente vestidos; tembláis de frío, mis buenos amigos. ¡Ola! Glow, ve á ver si encuentras por los rincones de la Torre alguno de los antiguos galopos de mi baja servidumbre. Que inquieran si han quedado algunos trajes en mi guarda-ropas; si hay para el rey en Londres pan, luz, fuego y vino.
Glow partió como un venablo.
—Ahora bien, Guido, prosiguió Corazón-de-León, ¿recuerdas cómo se hacía mi servicio y el de la Torre?
—Sí, señor.
—¿Y te atreverás á jurar que de esos quinientos hombres de armas normandos nos son adictos diez?
—¡Señor! exclamó un soldado que al parecer oyó estas palabras, asomando la cabeza á la puerta donde se habían detenido; ¡señor! los normandos no reconocen mientras vuestra gracia viva otro señor natural, ni rendirán pleito homenaje más que á Corazón-de-León, duque de Normandía.