—¡Ola! gritó el rey; ¡eres tú, Ralf! Guido, no os olvidéis de mandar, se apliquen á ese tuno veinticinco azotes.
Ralf retiró precipitadamente la cabeza, sin murmurar ni pensar en quejarse del castigo que el rey imponía á su atrevimiento.
—Ya lo oís, señor, dijo Guido; siempre son vuestros normandos.
—Pues bien; id á mi guarda-ropas, y que os den vestidos; después traedme esos buenos muchachos á ese terraplén; quiero verlos juntos; después recorreremos los puestos.
Los capitanes besaron sucesivamente la mano al rey, y precedidos de un normando que les alumbraba, salieron por la puerta opuesta á la que habían entrado.
—¡Vive Dios! milord, dijo el rey, que hay momentos en que no trocaría el placer que siento, por la posesión de Jerusalén. ¡Ira de Dios! primo, debes estar cansado de sostener tanto tiempo esa antorcha. ¡Extraña posición para un rey! ¡tener que arreglar su casa como un miserable!
A punto apareció Glow con una lámpara de hierro encendida; Nortumberland arrojó la antorcha al hogar que cayó á propósito para prender un haz de leña que arrojaba en él un pajecillo de la servidumbre real; otros tres pajes traían sobre bandejas de oro una opípara cena; un quinto extendió sobre la mesa un paño de púrpura, y colocó sobre él, dos candelabros de oro con bujías de cera.
—¡Diablo! exclamó Corazón-de-León sorprendido; ¿á que hada debemos tanta grandeza?
Glow se adelantó tímidamente dando vueltas á su gorra, sin atreverse á hablar. Con la velocidad del fluído eléctrico había circulado á alguna distancia la noticia de los veinticinco azotes decretados por el rey en favor de Ralf, y Glow temía exponer, siendo indiscreto, sus espaldas.
Un movimiento de impaciencia de Ricardo le hizo hablar.