—¿Y entre los hombres?

—El verdugo de la prevostía de Londres.

Un estremecimiento involuntario se dejó oir en cada uno de los otros cinco, y el rumor de algunas frases inarticuladas se percibió momentáneamente.

—¡Silencio! exclamó el primer hombre; ¿y con qué objeto te has unido á nosotros?

—Con el de vengarme.

—¿De quién?

—De los hombres.

—Los hombres no pueden insultarte, tu posición te aisla; sobre tu traje colorado no es posible una mancha.

—No vengo representando mi presente; es una consecuencia de mi pasado; vengo por mi pasado.

—Déjanos ver tu rostro.