El verdugo se arrancó el antifaz; un semblante lívido, enflaquecido, en cuyas profundas órbitas brillaban unos ojos de mirada implacable, en que el sufrimiento ó el remordimiento habían impreso arrugas prematuras, se ofreció sucesivamente á cada una de las miradas de los cinco; semblante marcado por una sonrisa glacial que respondía por un corazón desgarrado por terribles penas.
—¿Cómo te han ofendido los hombres?
—Está en el corazón, contestó el verdugo; mi historia es un secreto que no me pertenece; mi historia os diría mi nombre; yo no tengo ya nombre, debo olvidarlo.
El verdugo sentóse de nuevo y guardó silencio.
—¿Y tú, quién eres? preguntó el que había interrogado al verdugo al quinto hombre.
—Hermano de la niebla; me llamo Tom Flavi, y soy uno de los llaveros de la torre de Londres.
Diciendo esto, se arrancó el antifaz y dejó ver un rostro franco y valiente, en que brillaba cierta expresión de entusiasmo.
El verdugo y el llavero se miraron como personas conocidas, pero de un modo particular.
—Y tú, ¿cómo te llamas? dijo el interrogante al cuarto personaje.
Púsose de pie y contestó: