Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encaminó con Yaye á la atalaya donde vivia Aben-Aboo.

CAPITULO XXIV.

De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que se creian muy separadas.

En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea encendida, habia dos mujeres.

Era la una doña Isabel de Córdoba y de Válor: la otra Angiolina Visconti.

Doña Isabel, si bien contaba ya cuarenta años, estaba en el esplendor de su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada, esmaltada, por decirlo así, de la jóven, de la adolescente casi, sino en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con temor ó al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la frente, ó por mejor decir, la ensanchan: doña Isabel no tenia ya la belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro y virginal; doña Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado, de una vida robada á la felicidad, habia impreso, fijado sobre su semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente y resignado, y esta expresion daba á su hermosísimo semblante, á su ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo así, casi divino: doña Isabel era á los cuarenta años, una de esas mujeres que hacen bendecir á Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de competencias de todo género, que absorven completamente la vida y el alma de un hombre.

Sin embargo, en los veintidos años que habian pasado desde la muerte de Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de Yaye.

¿En qué podia consistir esto, tratándose de una mujer tan hermosa y tan pura?

Consistia en que en Cádiar no la conocia nadie mas que los parientes próximos de su hijo, su confesor y un escaso número de mujeres.

Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doña Isabel no salia de su casa sino para ir á misa (eso todos los dias), y en esta sola ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.