Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lúcida, ardiente, medrosa, enamorada.
Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.
Yaye cerró las dos puertas de la habitacion.
—¡Oh, no! exclamó doña Isabel; pueden venir, encontrar las puertas cerradas.
—Nadie vendrá, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi nombre á nuestro hijo.
—¡Ah! exclamó doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.
Yaye se acercó y apartó las manos del rostro de doña Isabel.
Esta le miró frente á frente.
Sus ojos parecian absorver á Yaye.
—¡Oh Dios mio! ¡mas hermosa que hace veinte y dos años!