—Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.

—Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas; seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre gravísimos asuntos.

—Aben-Aboo vaciló un momento, y luego dijo:

—Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi madre, tio don Juan: oid vos señora á ese mi tio que se queda con vos, como yo voy á oir á este con quien me voy.

Y salió con Aben-Jahuar.

—Permitidme, dijo Angiolina; vais á hablar de graves negocios y...

—No, no; quedaos doña Angélica, dijo con precipitacion doña Isabel.

—La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento natural, dulce, casi cariñoso, dice bien; tenemos que tratar gravísimos asuntos, prima, y necesitamos tratarlos á solas. Venid, princesa, venid y perdonadme, pero graves razones me disculpan.

—¡Oh! siempre estais para mí perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la mano de Yaye se dejó conducir á una puerta inmediata.

Doña Isabel habia quedado de pié y temblando junto á la chimenea.