—Pluguiera á Dios que no lo fuésemos, repuso doña Isabel.
Ennegrecióse el semblante del emir.
—¿Habré yo vivido soñando? dijo.
—Sí, contestó doña Isabel; toda tu vida ha sido un sueño, y un sueño horrible.
—Pero es que quiero despertar de ese sueño: es que quiero olvidar lo que por mí ha pasado: es que quiero volver á la vida, renacer transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo claramente que Dios aparta de mí su mano y maldice todas mis obras: ¿será tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que continuamente ha alumbrado mi existencia? ¿será que trás tantos años de esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar á tí, á tí á quien he buscado en vano, á tí á quien adoro y á quien me amparo perdida ya la esperanza de todo?
—¿Y la patria á quien me sacrificaste, Yaye?
—¡La patria! ¡la patria! exclamó con sordo acento el emir; ¡no hay esperanza para la patria como no la hay para mí!
—Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doña Isabel, ha sido mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos á la rebelion, en vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por vosotros, los que queriais ser á costa suya; se han rebelado una y cien veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles á fuerza, de indómitos, y solo han conseguido venir al punto de un rompimiento fatal: esta mañana, ¡oh Dios mio! ¡esta mañana he visto morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del señor manchado de sangre y... ¡te he acusado Yaye!
—¡Isabel! exclamó el emir.
—Sí; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. ¡Acuérdate!