—¡Isabel! repitió Yaye.

—¿Qué has hecho de tus hijos, emir de los monfíes? exclamó con acento solemne y doloroso doña Isabel.

—¡Oh! ¡calla! ¡calla! exclamó Yaye con terror: y luego añadió con voz sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.

—¡Oh! ¡si! exclamó doña Isabel: malditos de Dios porque son hijos del adulterio.

—Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueño horrible: que necesito tu amor para ahogar en él mis recuerdos... mis remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos crueles... y tú... tú eres la primera causa de esos remordimientos.

—¡Yo...!

—Si, tú, porque tú fuiste mi primera víctima.

A esta confesion tan franca, tan espontánea, la generosa doña Isabel no supo qué contestar.

—Cuando yo te conocí, continuó Yaye, alentado por el silencio de doña Isabel; cuando yo te conocí, abria mis alas al viento de la vida, volaba de frente, al sol, le miraba cara á cara, y en vez de deslumbrarme, me parecia el sol pequeño. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no se ha cerrado la dolorosa herida que abrió en mi alma nuestra separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste suya, pudo calmar la desesperada amargura que sintió mi alma al verte su esposa. Yo te necesitaba para llegar á mis sueños de gloria, como la nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio. Durante veintidos años he estado pensando continuamente en tí; llorándote á mis solas, ó entregado al furor por no poseerte: durante veintidos años, me has esquivado, te has apartado de mí, y yo que siempre he estado á tu alrededor, no me he valido de los mil medios con que contaba para apoderarme de tí, porque no podia decirte: soy tuyo, enteramente tuyo: tú eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra: tú lo eres todo para mí, noble y pura mujer engrandecida por el martirio.

Doña Isabel miraba fascinada á Yaye: podia decirse que su magnífica hermosura se habia transfigurado.