Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.

La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon, y miraba de hito en hito á Yaye.

Y un amor inmenso, sin reserva, apareció en su rostro en una explosion de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubló de nuevo bajo su pálida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apagó bajo dos brillantes lágrimas, y oprimiéndose el pecho sobre el corazon, exclamó:

—¡Ya es tarde!

Yaye se estremeció.

Aquella terrible frase ¡ya es tarde! hacia mucho tiempo que se presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.

—¡Tarde! ¡tarde aun para arrepentirse!

—Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan, exclamó dolorosamente doña Isabel. ¿Qué vá á suceder en Cádiar esta noche?

Yaye se estremeció.

—Es necesario vengar á nuestro pueblo, dijo con voz ronca.