—Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran de crímenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le destrozas como madre. ¿Qué vá á ser de nuestro hijo, Yaye?
Y arrebatada por su pasion de madre, doña Isabel levantó la voz mas de lo que hubiera debido.
—¡Oh! ¡silencio! ¡silencio, imprudente! exclamó el emir palideciendo de una manera mortal: cuando yo entré aquí estaba contigo una mujer terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.
Y Yaye tomó una bujía y salió á una habitacion inmediata.
—Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo á entrar; he cerrado las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos decidamos pronto: tu hermano no podrá entretener por mucho tiempo á nuestro hijo: escúchame Isabel, y escúchame como quien vá á salvar ó á perder irremisiblemente á una criatura: estoy cansado de la vida: la fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar á mi pueblo será inútil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la corona: se levantan á un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos para los otros: esto acabará mal: Selin II que podria ser para nosotros una poderosa ayuda, está demasiado entretenido con los venecianos, y nada hará por el momento: Felipe II sujeta á Flandes con el severísimo gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter la rebeldía en Italia: todo nos sale mal. Desde hace año y medio, Dios se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo seré el último emir, que nuestros hijos seran los últimos moros de España.
—Hace veintidos años, pensaba yo del mismo modo: veia á pesar de mi juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de España era una lucha insensata: veia con dolor á mis hermanos empeñados en esa lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque sufro demasiado. ¿A qué has venido con mi hermano, amparándote de él?
—He venido á decirte: sé mi esposa.
—¿Y para qué se ha llevado mi hermano á nuestro hijo?
—Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.
—¡Tú herencia!