—Kaib, dijo Yaye volviéndose al esclavo berberisco que les habia abierto, ¿no tienes ninguna noticia que darme?

El esclavo, que amaba al jóven, le miró tristemente.

—Ninguna, señor, dijo despues de un momento de silencio.

—¿Durante mi ausencia no has visto á doña Isabel de Válor?

—No señor; hace dos dias, al amanecer, en las horas del calor, por la tarde, por la noche, las celosías del mirador han estado cerradas. Ni aun la he oido cantar; ya sabeis que la señora cantaba todas las noches... pues nada, señor, nada.

—¿Con que no la has visto? ¿no ha cantado? Estará enferma acaso.

—Puede ser que lo esté, pero si lo está no guarda el lecho.

—¿Cómo sabes eso sino la has visto?

—Os diré, señor: durante vuestra ausencia de Granada no la he visto; pero cuando ya debiais haber llegado, hace media hora, la he visto salir de su casa.

—¡Ah! ¡y estaba triste!