—Que cuando yo llegue á la puerta del Rastro de Granada, que será esta tarde, sepa si ha llegado ó no el carro, y si ha llegado, en qué casa han parado el soldado y las dos damas.
—Muy bien.
—Ea, pues, tú, Zeiri, piés á la montaña. Vosotros seguidme.
Unos y otros se perdieron muy pronto entre las ásperas cortaduras.
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A las siete de la mañana habian salido Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte monfíes del meson de Lanjaron; á las once del dia Yaye y Abd-el-Gewar á caballo y solos, atravesaban la plaza larga del Albaicin de Granada.
CAPITULO VI.
En que se presentan nuevos é interesantes personajes.
Muy poco despues Yaye y Abd-el-Gewar, llamaban á la puerta de su casa y un esclavo les abria.
Yaye desmontó, y llevando por si mismo su caballo del diestro, mientras el esclavo conducia el de Abd-el-Gewar, atravesó el zaguan, la calle principal del jardin y metió el caballo en la caballeriza. Despues salió al jardin y lanzó una ansiosa mirada á la galería de las habitaciones de Isabel: estaban desiertas, las celosias cerradas, un profundo silencio dominaba en aquella casa.
Aquel silencio, que nada tenia de extraño atendido á que era el medio dia de uno caloroso de junio, impresionó al jóven; y es que cuando estamos predispuestos á recibir impresiones tristes, estas impresiones emanan para nosotros de todo lo que nos rodea.