Los tres monfíes hicieron una zalá ó saludo á la usanza mora.

—Estamos dispuestos á obedecer, dijo el que hasta entonces habia hablado.

—¿Veis allá á lo lejos en el camino un carro?

—Le vemos.

—Pues bien, es necesario no perder de vista ese carro.

—¡Lleva oro! exclamó con la alegría de un bandido que presiente una presa otro de los monfíes.

—No, repuso Harum, en aquel carro van dos damas cubiertas con mantos, un soldado castellano, tuerto, manco y cojo, y dos criadas.

—¡Ah!

—Tú eres un gamo y un lobo, hijo, dijo Harum dirigiéndose al que habia hablado primero. Parte á cuanto andar puedas, y haz que de uno en otro puesto de la montaña no falten diez de los nuestros, que no pierdan un solo momento de vista ese carro. Si se detiene, si las damas que van en él corren algun peligro, defendedlas.

—Muy bien.