—Va á un asunto mio, dijo el jóven, dejadle ir.
Y el monfí, en vista de un ademan del jóven, siguió su camino.
Sigámosle.
El carro descendia con lentitud, por el pendiente camino que conduce al puente de Tablate desde Lanjaron. El monfí, en vez de seguir ostensiblemente tras el carro, rodeó por las tapias del pueblo, se perdió entre los olivares y echándose la espada al hombro, y despues de haberse quitado las espuelas, que le embarazaban, empezó á andar con una rapidez maravillosa. Muy pronto estuvo entre quebraduras y despues de haber flanqueado la montaña por espacio de una hora, se encontró marchando sobre las crestas de los montes á cuya falda se extiende el camino de las Alpujarras á Granada.
El carro del estropeado y el soldado que le escoltaban se veian á lo lejos: muy pronto una nube de polvo apareció por un recodo del camino, y un grupo de ginetes adelantó á la carrera, alcanzó el carro, pasó adelante y se perdió en otro recodo: eran Yaye, Abd-el-Gewar y los veinte monfíes.
Harum, que se habia quedado á pié para cumplir el encargo de Yaye, y que ciertamente atendidas su robustez, su agilidad y lo pujante de su marcha no necesitaba caballo para llegar desde aquel punto y en poco tiempo á Granada, se detuvo, y sacando un silbato de hierro de su bolsillo, le hizo lanzar por tres veces un largo y poderoso silbido.
Al poco espacio salieron de las breñas cercanas y con poco intervalo de una á otra aparicion, tres monfíes con su trage característico de montaña y con fuertes ballestas.
—Que el señor Altísimo y único sea con vosotros, dijo Harum.
—Allah te guarde walí[7], dijo uno de ellos, ¿qué nos quieres?
—Lo que voy á deciros os lo dice por mi boca el magnífico emir de las Alpujarras.