—¿Enjaezados como conviene? dijo Yaye.
—No ha sido posible, pero se les pondrán los arneses de los que dejemos.
—¡Otra detencion mas! dijo suspirando Yaye, en quien habia vuelto á recobrar todo su influjo el recuerdo de Isabel.
—Por lo mismo, dijo Abd-el-Gewar, es necesario detenernos aqui lo menos posible: paga al mesonero, Hamet, y que saquen los caballos.
Mientras esto se hacia, Yaye, que á pesar del recuerdo de Isabel no dejaba de tiempo en tiempo de lanzar una mirada al aposento donde se encontraba la princesa mejicana, vió que aquel aposento se abria y que salian de él primero dos mujeres, cuidadosamente envueltas en largos mantos negros, tras ellas dos criadas y despues el estropeado: atravesaron el corredor, bajaron las escaleras y pasaron junto á Yaye y Abd-el-Gewar: delante iba el capitan: saludó fria y ceremoniosamente á los dos, y cuando pasaron las mujeres, Yaye creyó notar que la mas esbelta de las encubiertas le dirigia un leve movimiento de cabeza, y que la otra encubierta, cuyo paso era menos ligero, le miraba á través de su manto con ansiedad.
Nada pudo notar el capitan. Cuando llegaron al carro, el zagal apoyó una pequeña escala contra la delantera y las dos mujeres y las criadas entraron y se ocultaron bajo la cubierta; despues subió el capitan, y antes de desaparecer saludó de nuevo, pero de una manera que tenia mucho de insolente, á Yaye y Abd-el-Gewar.
Despues de esto el carro echó á andar á buen paso.
Apenas se habia separado el carro de la puerta del meson, cuando Harum-el-Geniz se dirigió gentilmente á la salida del meson.
—¡Eh! ¿á donde vais, Pedroz? le preguntó con imperio Abd-el-Gewar.
—El señor me ha ordenado... dijo Harum deteniéndose y señalando á Yaye.