—¿Y quieres que yo asista á tu cita?

—Escóndete.

—Esconderme....

—Sí, escóndete en mi alcoba y espera.

Y la jóven llevó tras las cortinas de su alcoba á su padre que la siguió fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de Mariblanca.

La jóven salió entonces al huerto.

Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan Herrera.

Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.

Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.

—¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va quitando la borrachera?