—¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.

—Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.

—¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San Juan te salvará.

—Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un cristiano me ha asesinado.

El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.

Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.

En aquel momento repicaron á gloria las campanas de la iglesia de la villa.

El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se alzó rígido y trémulo.

No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una manera terrible:

—¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida! ¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!