Asi es que rompió á llorar y á pedir piedad á gritos.

Pedir piedad á Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar, suavidad á la zarza, agua á una roca.

Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hácia la iglesia con un gozo feroz.

Cuando Aben-Aboo asomó á la puerta de la sacristía, el espectáculo que presentaba el templo era terrible.

El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud horrible por los monfíes.

Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados, y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo género de excesos cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.

Herian, los monfíes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de furor.

—No mateis á las mujeres, decia un monfí, cuyos ojos irradiaban una mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado á nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota á gota la sangre de los castellanos; gota á gota como ellos han bebido la de nuestros padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el combate, sino como matan los clérigos en la Inquisicion. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!

Y aquel hombre que blandia con furia un largo puñal ensangrentado, soltó una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.

Aquel hombre era Melik-el-Ferih.