El padre de Mariblanca.

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El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al llegar á este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos; porque lo que el autor va á contaros, no es el aborto monstruoso de una imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion brutal de un despotismo sombrío y cruel, ejercida sobre los moriscos del reino de Granada en un espacio de setenta y seis años: durante ellos, los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de que disponia á su antojo el feroz conquistador: cuantas rapiñas pueden inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero segura en la gran masa del pueblo español; no se habia cuidado de aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la política, y para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido á destruirlos: España, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes beneficios que debia á la civilizacion de los árabes y de sus descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era originaria de árabes; si se habia suavizado la gótica rudeza de sus costumbres, á su contacto contínuo con los árabes lo debia: si su agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido transformados en fértiles campiñas por los canales de riego, aquellos canales los habian abierto los árabes: si sus médicos, si sus letrados sabian algo, aquellos médicos, aquellos letrados habian ido á beber la ciencia á las escuelas de Córdoba, ó la habian encontrado en los libros que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas: el espíritu civilizador del pueblo árabe, se habia infiltrado de una manera profunda en el pueblo español: de ellos habia tomado este, en el lenguaje un número incalculable de voces, en sus códigos gran número de leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la dominacion de los árabes en España, el gefe de las fuerzas marítimas de los solariegos, de los españoles indígenas, se llamaba almirante; alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus trages, sus armas, tomaron su bello carácter oriental que las distingue de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados contemporáneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un testimonio irrefragable de la influencia de los árabes sobre los solariegos, el misal mozárabe: ellos, con sus órdenes religiosas de los rabits y los morabithos, dieron la norma de las órdenes religioso-militares, y hasta en las diversiones públicas nos legaron las justas, las cañas, la lidia de toros: en poesía, en música, nos dieron su carácter y sus instrumentos: la buena poesía española de nuestros tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperbólica de la poesía árabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer; el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseñas de honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al triunfo, no son las águilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos heredado de los romanos el estandarte, copia del lábaro; pero la bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiñadas taifas de los sectarios del Profeta.

¿Pero á qué esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los árabes?

Basta pisar el territorio español para encontrar las profundas huellas del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa, la campiña, muestran por do quier en España la forma del pueblo árabe: su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas, conservan aun vivo entre nosotros el espíritu de aquel pueblo, que pasó, como un meteoro, con el rápido vuelo de la conquista, desde el Yemen basta los Pirineos, dejando por do quiera las señales indelebles de su paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la sangre española es sangre árabe; en una palabra, que si fueron nuestros abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por Tarik y por Muza.

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¿Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de su indolente y magnifica hermosura?