La lucha era sorda, sostenida: habíanse bautizado todos los moriscos de Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en secreto.

Si iban á misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban facultados á imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.

Si confesaban, jamás decian la verdad.

Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en sus casas, hacian las abluciones y se consagraban á la oracion á puerta cerrada.

Del mismo modo y tambien á puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta prescritos por el rito católico.

Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas, y les ponian el imprescindible sobrenombre árabe.

Cuando se casaba una doncella, al volver á su casa, la quitaban los vestidos castellanos con que se habia visto obligada á ir á la iglesia, la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y banquetes segun sus costumbres.

Solo aprendian la doctrina católica los que tenian necesidad de casarse, porque para ello sufrian un exámen prévio, y aun muchos se disculpaban con no saber la lengua.

Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran víctimas, recibian á los monfíes, y aun á los turcos y piratas berberiscos en sus alquerías y les avisaban de cuándo podian sorprender recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos ó matarlos.

Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro contínuo, unian su voz á las declamaciones de los frailes, y el trono y la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y destruirlos si necesario fuese.