Entonces se promulgó el famoso edicto del emperador don Carlos, de que dimos cuenta á nuestros lectores en el principio de este libro.

Viéronse los pobres vencidos atacados á un tiempo en su industria, en sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo á los que los ofendían y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad de tres años, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer con ellos.

Haciáseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para oprimirlos; se les obligaba á tener las casas abiertas; se les exigian tributos onerosos; se prendia á las mujeres que iban por la calle con los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban á los hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque los clérigos mandaban á nombre de Dios, y Felipe II era tan sombría y fanáticamente cruel como los clérigos.

No se pensó ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte considerable de la poblacion de España, ni en que por su industria y sus riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pública.

Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo olvidaban á trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona que no fuese católica; manía lamentable, fanatismo ignorante que han dado al trono y al clero español de aquel tiempo y aun de los tiempos subsiguientes, un carácter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha costado á España torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion, que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza, comprometiéndonos en guerras desastrosas, colocándonos á retaguardia de las demás naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la Inquisicion.

El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras á los que se atrevian á rebelarse contra su despotismo, destrozaban á España: el terror hacia callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo tan libre otros dias, vino á ser la troje hollada por los dos fatales elementos reunidos.

Uniase á esto una magistratura inmoral, un ejército compuesto de aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba á los piés de la Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo sufria en silencio, ó que, por mejor decir, por resultado de su degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.

En los tiempos de la dominacion austriaca, un español, en siendo esclavo sumiso, y católico fanático, era cuanto podia ser: un leal vasallo del rey, y un hijo obediente de la Iglesia.

La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del país: se vieron marcadas con el sello realista monástico, que se imprimia en todo, y apenas dieron á conocer alguno que otro rasgo tímido de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la época los hacia mezquinos: los mataba.

En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos V, se ve, no la política, no la sagacidad, sino la tenacidad y la ignorancia: Felipe II desangró y debilitó la nacion en empresas descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que pudo traer fatalísimos resultados, no solo para España, sino tambien para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.