—¡Ah! exclamó Yaye que todo lo adivinaba, apresurando mas el paso: ¿y no iba con ella su hermano mayor don Diego?
—No señor.
—Llevarian literas.
—Si señor, dos: en la una entraron doña Isabel y su dueña, en la otra las dos doncellas.
—¿Y te vió doña Isabel?
—Si señor, y al verme se puso pálida, muy pálida... y me miró de una manera que sin duda queria decir: cuenta á tu señor que me has visto vestida de blanco, con corona de rosas blancas, y pálida como una muerta.
El berberisco pronunció con una profunda intencion estas palabras.
Yaye se extremeció y apretó mas el paso hasta casi correr.
No se habló una palabra mas entre amo y esclavo.
Al fin Yaye se detuvo en la calle del Agua, delante de una casa de noble apariencia, que mostraba un enorme escuson de piedra berroqueña encima de su gran puerta de roble escultada.