Yaye se lanzó á aquella puerta y asió su enorme llamador.
Pero antes de que pudiese llamar se abrió la puerta y apareció un caballero ricamente vestido de negro.
Este caballero se sorprendió al ver á Yaye, retrocedió un paso y le miró con extrañeza y aun con cuidado.
En el zaguan de aquella casa, que al abrirse la puerta habia quedado á la vista, se veia una dama que se preparaba á entrar en una litera cuando se abrió la puerta y apareció Yaye.
Al verle aquella dama que era notablemente hermosa, se detuvo, se puso densamente pálida, ahogó un grito y fijó una intensa mirada en Yaye.
La extrañeza del caballero y la palidez y la conmocion de la dama á la vista de Yaye, nos obligan á que antes de pasar adelante demos á conocer á estos dos nuevos personajes, y á algun otro mas de los que figuran en nuestra historia.
Aquella dama y aquel caballero, eran esposos.
Ella se llamaba doña Elvira de Céspedes: él don Diego de Córdoba y de Válor.
El casamiento de estos dos seres habia sido una consecuencia de consecuencias.
Doña Elvira era una dama cuya juventud parecia extremada: apenas demostraba diez y ocho años; pero nosotros sabemos por los apuntes que nos hemos visto obligados á entresacar de antiguos papeles para escribir esta verídica historia, que doña Elvira en 1546 habia cumplido veinte y tres años y que se habia casado á los diez y siete con don Diego de Córdoba y de Válor. Sabemos tambien que doña Elvira era hija del licenciado Juan de Céspedes, hidalgo por su casa y pobre por desgracias de sus padres, cuyas desgracias le habian obligado á estudiar como sopista en la universidad de Alcalá, desde la cual, concluidos sus estudios y mediante la proteccion del cardenal don fray Francisco Jimenez de Cisneros, para el cual era recomendable todo jóven de talento, aplicado y honesto en las costumbres, habia pasado á ocupar un oficio de alcalde de la Sala de Casa y Córte en la Real Audiencia de Granada.