—¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono es todavía poco resplandeciente.
—Es verdad, si, es verdad.
—Aumentemos el resplandor de su trono.
—Pongamos fuego al altar.
Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.
—Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.
—Dice bien.
—Asegurémosle en su trono.
—Que no pueda escapar.
—Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.