El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompió á llorar.

—Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey.

—¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?

—Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.

—¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí, acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedió.

La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante.

—¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á mis hermanos.

—¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.

—Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme, hermanos!

—Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.