Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.
—¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos soldados castellanos?
—Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.
—¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.
Nadie contestó.
—Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno doña María.
—¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por el placer de verter sangre?
—Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.
—¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.
—¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.