Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.
—¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero Aben-Aboo?
Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del emir.
—¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir?
Nadie contestó: nadie se movió.
—¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!
—Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.
—Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?
—¡Señor! murmuró Aben-Aboo.
—¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los débiles.