—Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.

—Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?

Melik no contestó.

—Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...

—Degüella y mata, me dijiste.

—Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia, y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros.

—¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á quien despedazan la rabia y el dolor!

Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.

Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.

—Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.