Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.

—Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved señor que es un lobo sediento de sangre.

—Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan á sus víctimas.

El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.

—Yo os conozco... señor... yo os conozco... tartamudeó.

Y se asió á las ropas talares de Yaye.

Yaye se inclinó.

—Tú eres Molina de Mediano...

—Si, si, pero yo obedecia al rey...

—Obedecias á un tirano...