—Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me mateis... cautivadme... vendedme... llevadme á Africa... pero no me mateis.
—Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.
—¡Perdon! ¡señor, perdon!
—Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto... necesitamos salir de aquí.
—¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.
Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales manchaba de sangre su vestidura pontifical.
—Acabad con esos soldados, dijo el emir.
Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados en pocos segundos.
—Ahora soltad esa gente menuda.
—Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.