—Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y los niños que encontreis.
Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia.
—Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.
Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso.
Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas.
Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.
El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmóvil, insensible á todo.
Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.
—Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos.
—¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.