—Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros.
Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.
—Los moriscos de Granada han elegido un rey.
—¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfíes.
—Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.
Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en ellas un mandato gritaron:
—¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!
—¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.
Aquel jóven era Aben-Humeya.
Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó profundamente.