—Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos.

—¡Viva el emir!

—Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un próximo y sangriento combate.

—¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.

—La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.

—¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!

—Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid.

Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.

Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.

La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.