La ventana volvió á cerrarse, y volvió el silencio.
—¿Qué es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa.
—Paréceme que teneis miedo, señor Cisneros, dijo el otro hombre.
—No tengo miedo, pero me repugna lo que está sucediendo; Dios me perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado á la calle.
—Es sin duda el cadáver de algun soldado de los de la compañía de Diego de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: ¿pero qué os importa eso? No hemos venido á Cádiar ciertamente á divertirnos.
—¿Pero qué hacemos aquí, á estas horas y en tales circunstancias, señor Godinez?
—¿No habeis venido á ver esta noche, como teníamos concertado, á doña Elvira de Céspedes?
—Sí.
—¿No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais á ampararos de ella?
—Sí.