—¿No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya?
—Si.
—¿Y no habeis venido á buscarme?
—Ciertamente.
—Ahora bien, la entrada de los monfíes nos ha hecho ampararnos de lo apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfíes estan allá dentro, y por lo que se vé, bien entretenidos, podemos y debemos ir á casa de doña Elvira.
—Es que yo no he estado nunca en Cádiar: valíme de las señas que me dísteis, pregunté por la calle donde vive doña Elvira, y hallé la casa por su mirador de madera y el farol de su imágen... pero ahora estoy seguro de no dar con la calle.
—Pues la tenemos bien cerca.
—¡Ah!
—Si, aquí á la vuelta. Venid conmigo.
—¿Pero no oís?