Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los vasos sagrados y los ornamentos y fueron á depositarlos en la plaza.

En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfíes, y otra se fué á combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados, vecinos y mujeres.

Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una agonía horrible: oian á sus piés los gemidos de los que eran asesinados en la iglesia, veian recorrer las calles monfíes con antorchas, penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando á un tiempo por las ventanas los cadáveres y los objetos robados: veian ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar á rebato.

Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al principio solo habian tañido la campana mayor; despues asociaron á ella otra campana: por último, hasta los esquilones se pusieron en movimiento.

—¿Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de angustia el beneficiado.

—Si señor, contestaba repicando á dos manos Barbillo.

—¿No pueden subir?

—No señor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los esquilones...

—Nos pondran fuego, exclamó llorando de terror el beneficiado.

Barbillo siguió repicando.