—Yo soy.
—¿Venís solo?
—No, viene conmigo un amigo.
—Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y mas sonora.
Abrióse la puerta y entraron Laurenti y Cisneros.
—Y á tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, señora, que tenemos el combate ya en la calle.
La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior.
Entre tanto el fuego de la mosquetería redoblaba, oíase entre él el crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro grito de un hombre herido.
Veamos lo que pasaba en la villa.
Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que habian tocado á rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de la iglesia, último refugio á donde aquellos desdichados se habian acogido, se habian visto obligados á rendirse; mas ceñido que el Ferih á las órdenes del emir, el wali que mandaba á los monfíes que habian asaltado el convento, dejó libres á las mujeres, á los niños y á los viejos que á él se habian refugiado y solo degolló á los frailes y á los hombres robustos.