—Es extraña la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al aposentador. No parece sino que está seguro de que los monfíes se han retirado.
—Pues no lo entiendo, dijo Macías.
—Ni yo tampoco. ¡Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra escuadra en la plaza!
—Muy bien, mi alférez.
—Poned en cada bocacalle un centinela.
—Muy bien.
—Y decid á los sargentos de las otras tres escuadras que formen la gente.
El resto de la compañía, que no habia ido á reconocer ni quedaba de guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los cadáveres.
La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas ardiendo.
La iglesia exhalaba un insoportable olor á sangre fresca.