—Ya sabeis que Cristóval de Belorado es hombre capaz de meterse en el infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la villa y reconocido en regla y como Dios manda.

—¿Y qué encontrais de extraño en eso?

—Que no se oye un solo arcabuzazo.

—Eso no quiere decir mas sino que á los monfíes les gusta mas el campo que las calles, y que han cercado la villa.

—Belorado ha tenido ya tìempo para salir de la villa y habrá salido: á lo menos habrá mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cádiar.

—Vayan con Dios: á enemigo que huye...

—¡Alférez! dijo el capitan desde el centro de la plaza.

Se echó el alférez la bandera al hombro, y se dirigió al capitan.

—Dejad una escuadra de guardia y con la demás gente reconoced los muertos que hay en la iglesia y en la plaza.

El alférez obedeció.